Microengaño cotidiano

Publicado en por JULI CAPELLA

Vivimos rodeados de pequeñas estafas que por su dimensión apenas percibimos. Y casi nunca las denunciamos. Por ejemplo, la factura de las eléctricas, que han promediado al alza el recibo mensual. Si alguien protesta, se lo ajustan, pero la inmensa mayoría lo paga sin rechistar. Robar pequeñeces es una estrategia del poderoso que siempre ha funcionado: los redondeos (a su favor) en las cuentas en los bancos, o las cabinas telefónicas que no devuelven cambio. En muchos parkings aún te cobran por fracciones de hora. También en el alquiler de muchos productos: si te pasas una hora, te cobran el día siguiente. Hay otras estafas más burdas, la de los 902 o los SMS que nunca has enviado, las llamadas iniciadas pero fallidas donde debes volver a pagar para comunicar. Y otras estafas conceptuales, como el peaje de una autopista con un carril inutilizado, que te cobra lo mismo que por circular por la autopista entera. El cine con butacas cutres y sonido infernal que cobra lo mismo que uno decente. O el tren que se retrasa, el autobús que nunca llega, el taxi que da un rodeo... Un alarmante engaño son las ofertas de internet; las 20 megas de velocidad prometida nunca se alcanzan, y por los constantes cortes de suministro nunca rebajan el precio mensual contratado. Pequeños timos diarios, que no merecen que nos detengamos en reclamar, pero que multiplicados por millones de usuarios dan una fortuna a unos pocos. ¿Quién nos defiende de estos miniabusos diarios?
Por eso, una vez que en una máquina de chicles me salieron cuatro paquetes, pensé que compensaban la infinidad de veces que se me habían tragado la moneda.
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