Se le «cruzaron los cables» y los mató a martillazos
El acusado, Juan Carmelo Santana, en un momento del juicio
LAS PALMAS. A la cocaína, el vino y la cerveza que había consumido agregó unas setas alucinógenas que le había traído alguien de Centroamérica. Después, cogió el martillo y acabó con la vida de los caseros, una pareja de británicos que le alquilaba la casa en La Oliva (Fuerteventura). El autor confeso describió así su doble crimen ayer ante el tribunal que le juzga en Las Palmas de Gran Canaria. El fiscal pide 46 años de prisión.
«Se me cruzaron los cables», afirmó el procesado, el grancanario Juan Carmelo Santana, de 42 años, en el comienzo del juicio en la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Las Palmas. El 11 de julio de 2006, su casero, el británico Brian Johnson, de 60 años, se dirigió a la zona de El Cotillo, en La Oliva, para cobrar el alquiler de la vivienda. «No hubo ninguna discusión, yo sufría una depresión porque el 27 de junio de ese año fue el segundo aniversario de la muerte de mi mujer y le habían robado las flores que le puse en la tumba, por eso me metí setas alucinógenas, MDMA y ácido líquido», entre otras drogas, aseguró el acusado, que no tiene antecedentes penales, La defensa pide la libre absolución por considerar que su cliente «estaba totalmente de droga hasta la coronilla» cuando cometió el crimen.
El acusado no quiso justificar lo que hizo y afirmó que acabó con la vida primero de la mujer del casero, de 58 años y después con la del hombre. Si bien reconoció que debía tres meses de alquiler (650 euros por mes) y al decirle la mujer que se fuera buscando otra casa, fue «a por ella». Le propinó un puñetazo, y, al caer ella al suelo, se colocó encima, cogió un «martillo gallego» y la golpeó en la cabeza varias veces.
Posteriormente, al llegar el marido de la víctima, también le asestó con el martillo en la cabeza. El acusado dijo que no tenía intención de matarles y añadió que no se le ha detectado ningún tipo de enfermedad mental, aunque «pudo ser locura transitoria».
Luego llevó al trabajo a un amigo, con quien se tomó unas cervezas y a quien no contó lo que había hecho, como tampoco reveló, por encontrarse «bastante cargado y nervioso», a su hijo, con quien cenó esa noche, en la que también compartió unos vinos con otros amigos en su apartamento, en el mismo sitio donde había escondido los cadáveres de sus víctimas.
De allí, todos se fueron al apartamento de unos amigos y fue a las seis de la mañana del día siguiente cuando regresó a casa, comprobó que su hijo dormía y aprovechó para bajar los cadáveres hasta la calle, meterlos en el maletero de un Fiat 500 de una amiga y llevarlos hasta el Malpaís de Mascona, zona inhóspita de El Cotillo que frecuentan cazadores, donde los depositó y los tapó con piedras. El perro de un cazador halló los cuerpos de los dos británicos tres días más tarde.
La defensa del acusado, que en su escrito provisional solicitó su libre absolución, negó que haya tenido intención de matar, e insistió en que «estaba de drogas y de setas alucinógenas procedentes de Centroamérica hasta la coronilla» el día de los hechos y consideró que "la brutalidad de la agresión en sí misma no eleva el homicidio a asesinato, en caso de que sea culpable de matar, porque no es responsable de lo que hizo».
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